El Diablo Viste a la Moda 2: un golpe de realidad al periodismo en 2026
Dos décadas después, Miranda Priestly vuelve a caminar por los pasillos de Runway y el impacto se siente hasta acá, en Bogotá. El estreno de El Diablo viste a la Moda 2 no es solo el regreso de una película de culto; es el recordatorio de cómo el periodismo y el power dressing dejaron de ser un manual de instrucciones para convertirse en una herramienta de expresión personal.
En 2006, la moda se dictaba desde una oficina en el piso 30 con puertas cerradas. El periodismo de moda era una jerarquía inamovible donde el acceso era un privilegio exclusivo. Si no estabas en el front row de París, simplemente no existías.
Hoy, la democratización es la regla de oro. Como periodistas, ya no solo reportamos lo que ocurre en la pasarela; participamos en una conversación global en tiempo real. La inmediatez de las redes y la inteligencia artificial nos permiten curar tendencias al instante.
20 años de evolución en moda…
El power dressing también ha sufrido una metamorfosis fascinante. Hace 20 años, el traje sastre era una armadura de rigidez y tacones de aguja. Era una forma de mimetizarse en un mundo corporativo diseñado por y para hombres. Hoy, el poder se viste distinto. En las calles de Bogotá, vemos cómo los cortes fluidos, los tenis de diseñador y la sastrería oversize han tomado el control. Ya no nos mimetizamos para trabajar; elegimos piezas que cuentan nuestra historia.
En Mundo Glam, nuestra visión es capturar esta evolución. No buscamos dictar qué usar, sino analizar por qué nos hace sentir poderosas. La moda es, ante todo, un lenguaje, y nos encanta que estemos escribiendo este nuevo capítulo juntas.

¿Qué nos espera en esta segunda entrega? Quizás la lección más importante no sea sobre moda, sino sobre relevancia. En un mundo donde todo es efímero, lo único que persiste es la autenticidad. ¡Prepárense, porque esta nueva película viene con todo! Esperamos te guste este análisis de El Diablo Viste a la Moda 2.
¿Qué nos espera en esta segunda parte?
Más que un recuento de tendencias, esta secuela nos enfrenta a una industria que ha tenido que reinventarse o morir. Si en 2006 el reto era la relevancia impresa, en 2026 el desafío es la relevancia digital.
Miranda Priestly no ha cambiado su esencia, pero ahora se enfrenta a una era donde el algoritmo intenta dictar lo que es «lujo» y lo que es «basura», así como la presión de lo “políticamente correcto” que muchas veces la censura en sus opiniones. Verla navegar en este nuevo panorama es, quizás, el mayor gancho de la película.
Crisis en el papel: cuando el algoritmo reemplaza a la redacción
Más allá del glamur de las pasarelas, el verdadero drama de El Diablo Viste a la Moda 2 radica en la feroz radiografía que hace de la industria de los medios. La trama nos lanza sin anestesia a un fenómeno que los periodistas conocemos bien: los despidos masivos, la reducción drástica de costos y el desplome de los medios impresos.
Ver a Andy Sachs quedarse sin trabajo no es solo un giro de guión; es el reflejo de una crisis global donde las nuevas generaciones de «herederos corporativos» (encarnados en el nuevo dueño de Elias Clarke) llegan con la única visión de recortar presupuestos y optimizar clics. Para ellos, las redacciones ya no son templos de investigación y cultura, sino hojas de cálculo que deben dar números positivos a como dé lugar.

Esta encrucijada plantea un debate profundo: ¿cómo mantener vigentes la esencia y el rigor de un medio cuando el poder pasa a manos de quienes no entienden el valor del oficio? La película acierta al mostrar que la digitalización no debería ser el enemigo del periodismo, sino su evolución. Sin embargo, cuando la transición digital es liderada únicamente por la obsesión del algoritmo, los clics y el ahorro de empleos, lo que se sacrifica es la calidad. Miranda y Andy se convierten aquí en figuras de resistencia, demostrando que defender el criterio editorial frente a la inmediatez barata no es terquedad romántica, sino una necesidad urgente para que las audiencias no queden huérfanas de historias bien contadas.
Para quienes hacemos periodismo independiente y de estilo de vida en plataformas como Mundo Glam, esta secuela es un recordatorio de por qué hacemos lo que hacemos. Nos demuestra que el valor de un medio no reside en su formato, ni en el tamaño de su corporación, sino en la inquebrantable honestidad de su visión.
Andy y Miranda, cada una desde su trinchera, nos enseñan que, ante la vorágine de los despidos y la precarización, la única armadura del periodista es su credibilidad. Al final, los imperios impresos pueden tambalearse, pero la necesidad humana de conectar con narrativas profundas sigue siendo algo que ningún algoritmo podrá extinguir.
Entre la nostalgia y la evolución: ¿Quiénes son ellos ahora?
Ver de nuevo a Andy Sachs (Anne Hathaway) y a Miranda Priestly (Meryl Streep) es reencontrarse con dos formas opuestas de entender el éxito. Andy, quien alguna vez huyó del «veneno» de Runway, regresa no como la asistente que busca aprobación, sino como una profesional que ha tenido que aprender a navegar la política corporativa sin perder su brújula ética.
Miranda, por su parte, ya no es solo la jefa omnipotente que aterroriza desde su escritorio. La evolución de su personaje se siente mucho más humana: en esta era de inmediatez y cancellation culture, su mayor reto no es mantener a sus empleados bajo control, sino demostrar que su criterio sigue siendo relevante y marca la diferencia en un mar de ruido digita lleno de influencers.
¿Adiós a los tacones de aguja?
Si en la primera entrega fuimos testigos del reinado de los stilettos de Jimmy Choo y las piezas de Chanel, en El Diablo Viste a la Moda 2, la diseñadora de vestuario Molly Rogers nos demuestra que las reglas del juego cambiaron. Miranda Priestly (Meryl Streep) abre la secuela con una declaración de intenciones absoluta en la gala de Runway: un impactante vestido rojo confeccionado a medida por Pierpaolo Piccioli para Balenciaga. Además, en su clóset destaca una chaqueta con borlas de Dries Van Noten que sirve como un eco simbólico de aquel icónico monólogo sobre el azul cerúleo.

Por su parte, Andy Sachs (Anne Hathaway) regresa a las calles con un estilo sofisticado pero utilitario, luciendo en su día a día un conjunto de chaleco y pantalón de archivo de Jean-Paul Gaultier. Su madurez estilística se consolida en una cena en Milán con un aplaudido pantalón de terciopelo de la colección de alta costura de Armani Privé, una sutil dedicatoria al fallecido diseñador italiano, sumado a piezas de firmas como Gabriela Hearst y Paco Rabanne a lo largo de la cinta.
Por su parte, Emily (Emily Blunt), quien deja de ser asistente para convertirse en jefa en Dior muestra un espectacular regreso a la pantalla con una blusa de la firma francesa combinada con un corsé de la vanguardista marca Wiederhoeft. El contrapunto masculino lo pone Nigel (Stanley Tucci), cuyo armario desborda una sastrería impecable gracias a trajes firmados por Richard James de Savile Row y un esmoquin de gala hecho a medida por Ermenegildo Zegna.
